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Mis cuentos propios, nacen de mi realidad cotidiana. Muchas veces encuentro motivos de inspiración en determinadas situaciones que me tocan vivir.
Los que me conocen personalmente saben de mis limitaciones motrices debido a una enfermedad inmunológica llamada Esclerosis Múltiple. Por los síntomas de la enfermedad mis movimientos suelen ser muy torpes y rígidos.
Los que me conocen personalmente saben de mis limitaciones motrices debido a una enfermedad inmunológica llamada Esclerosis Múltiple. Por los síntomas de la enfermedad mis movimientos suelen ser muy torpes y rígidos.
Fue así que nació esta historia:
...En una tarde de verano, de intenso calor, acababa de entregar un trabajo en el shopping de Abasto en Capital Federal. Afortunadamente habíamos encontrado un lugar muy cerquita de este centro comercial para estacionar. El único inconveniente era que por la inclinación de la calle, el auto quedaba recostado casi sobre la vereda. Dificultándome de ese modo, poder sentarme con facilidad. El sol nos pegaba fuerte. Los motores del aire acondicionado del Shopping daban a esa cuadra, la calle era de empedrado y las veredas estaban bastantes desparejas.
Con mi acompañante fuimos sorteando obstáculos hasta poder abrir la puerta del auto, pararme al lado e intentar ingresar al vehículo. El espacio entre el cordón y el borde interior de la puerta era muy pequeño. Pues en el intento por sentarme rápidamente, terminé acostada en ese pequeño espacio, el cual justamente no se encontraba muy limpio.
Ale, casi con desesperación y muy transpirada intentó levantarme del piso. Dada las circunstancias era una tarea imposible para una sola persona. Cuando de pronto siento por detrás de mi cabeza, unas manos que me toman por los hombros, mientras mi acompañante tiraba de mis brazos y manos. Sentí que ese personaje invisible había logrado pararme. Y al mismo tiempo me sorprendía la textura de sus manos. Eran guantes… pero de quién?
Como perdía el equilibrio al estar mal parada y por la debilidad que me produce el calor intenso, este desconocido buscaba mantenerme en pie y sus guantes terminaron en mi rostro. Por fin lo logramos, pude darme vuelta, verlo directamente a los ojos y sentarme en mi coche.
Este señor sumamente amable, era nada menos que un barrendero de Cliba (el servicio de limpieza de la ciudad de Buenos Aires). Flaquito, alto, con una sonrisa, me miró a los ojos y se disculpó por no haber podido sacarse los guantes. Yo me sentía terriblemente agradecida. Sus guantes eran para mi solo un detalle, no me importaban. No tenía palabras, quería desearle lo mejor. Este buen hombre me saludó con un gesto y volvió a su actividad. Estaba barriendo la calle perpendicular a la que nosotras nos encontrábamos estacionadas.
Por un instante me quedé observándolo, recogió su escoba, siguió tirando del carrito de residuos y continuó con su labor. Por ese lugar transitaban muchas personas. No se si por vergüenza o por ir demasiado apuradas, ninguno reparó en mi caída excepto este barrendero de Cliba.
Su buena disposición, su humildad y su solidaridad fueron mis salvadores. Sin reparo alguno y con mucha premura acudió en mi auxilio. Este señor era uno de los tantos ángeles disfrazado de persona que apareció mágicamente en mi vida, en el momento más oportuno.
Seguí mi viaje, esbozando una sonrisa de oreja a oreja. Es tan lindo confiar en los otros, y aun mucho mejor sentir que el otro por mas desconocido que sea, termine siendo nuestro protector. Como dice la canción, “gracias, gracias a la vida, que me ha dado tanto”.
...En una tarde de verano, de intenso calor, acababa de entregar un trabajo en el shopping de Abasto en Capital Federal. Afortunadamente habíamos encontrado un lugar muy cerquita de este centro comercial para estacionar. El único inconveniente era que por la inclinación de la calle, el auto quedaba recostado casi sobre la vereda. Dificultándome de ese modo, poder sentarme con facilidad. El sol nos pegaba fuerte. Los motores del aire acondicionado del Shopping daban a esa cuadra, la calle era de empedrado y las veredas estaban bastantes desparejas.
Con mi acompañante fuimos sorteando obstáculos hasta poder abrir la puerta del auto, pararme al lado e intentar ingresar al vehículo. El espacio entre el cordón y el borde interior de la puerta era muy pequeño. Pues en el intento por sentarme rápidamente, terminé acostada en ese pequeño espacio, el cual justamente no se encontraba muy limpio.
Ale, casi con desesperación y muy transpirada intentó levantarme del piso. Dada las circunstancias era una tarea imposible para una sola persona. Cuando de pronto siento por detrás de mi cabeza, unas manos que me toman por los hombros, mientras mi acompañante tiraba de mis brazos y manos. Sentí que ese personaje invisible había logrado pararme. Y al mismo tiempo me sorprendía la textura de sus manos. Eran guantes… pero de quién?
Como perdía el equilibrio al estar mal parada y por la debilidad que me produce el calor intenso, este desconocido buscaba mantenerme en pie y sus guantes terminaron en mi rostro. Por fin lo logramos, pude darme vuelta, verlo directamente a los ojos y sentarme en mi coche.
Este señor sumamente amable, era nada menos que un barrendero de Cliba (el servicio de limpieza de la ciudad de Buenos Aires). Flaquito, alto, con una sonrisa, me miró a los ojos y se disculpó por no haber podido sacarse los guantes. Yo me sentía terriblemente agradecida. Sus guantes eran para mi solo un detalle, no me importaban. No tenía palabras, quería desearle lo mejor. Este buen hombre me saludó con un gesto y volvió a su actividad. Estaba barriendo la calle perpendicular a la que nosotras nos encontrábamos estacionadas.
Por un instante me quedé observándolo, recogió su escoba, siguió tirando del carrito de residuos y continuó con su labor. Por ese lugar transitaban muchas personas. No se si por vergüenza o por ir demasiado apuradas, ninguno reparó en mi caída excepto este barrendero de Cliba.
Su buena disposición, su humildad y su solidaridad fueron mis salvadores. Sin reparo alguno y con mucha premura acudió en mi auxilio. Este señor era uno de los tantos ángeles disfrazado de persona que apareció mágicamente en mi vida, en el momento más oportuno.
Seguí mi viaje, esbozando una sonrisa de oreja a oreja. Es tan lindo confiar en los otros, y aun mucho mejor sentir que el otro por mas desconocido que sea, termine siendo nuestro protector. Como dice la canción, “gracias, gracias a la vida, que me ha dado tanto”.
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